
(Columna opinión Académica Valentina Reyes, Diario El País) Priorizar es necesario, los recursos no son infinitos. Pero antes de cerrar la puerta a las preguntas que todavía no prometen nada, vale la pena preguntarse si no estamos perjudicando justamente las áreas prioritarias que queremos resolver.
En los años setenta, dos psicólogos israelíes, Daniel Kahneman y Amos Tversky, se dedicaron a hacer preguntas raras a la gente: por qué tememos más perder 10.000 pesos que lo que disfrutamos ganándolos, por qué juzgamos mal las probabilidades, por qué decidimos distinto según cómo nos formulan la misma pregunta. Parte de ese trabajo lo financió una fundación privada y, más adelante, una agencia de defensa de Estados Unidos, interesada en cómo las personas evalúan el riesgo. Pero ojo, nadie les exigió un resultado específico ni un plan de negocios. Les dieron tiempo y libertad para pensar en cómo decide la gente, sin saber todavía para qué serviría la respuesta.
Treinta años después, esa libertad para explorar libremente preguntas relacionadas al comportamiento humano, ese pensamiento libre de ataduras a alguna aplicación evidente o a una justificación de “para qué sirve esto”, le valió a Kahneman el Premio Nobel de Economía en el año 2002. Hoy, esas ideas son la base de la economía conductual que está detrás de cómo los gobiernos diseñan campañas de vacunación, de cómo se puede ayudar a las personas a ahorrar sin que se den cuenta, y hasta de cómo se piensa el diseño de una alerta de emergencia para que la gente reaccione a tiempo y no en pánico. Nada de eso estaba en la mente de Kahneman cuando empezó a hacer sus preguntas raras, sin un propósito aplicado.
Kahneman no es un caso aislado. Elinor Ostrom se pasó décadas estudiando, por pura curiosidad, cómo comunidades de pescadores, agricultores y usuarios de bosques lograban administrar recursos compartidos sin que nadie los obligara, algo que la teoría económica de la época consideraba imposible. Ganó el Nobel de Economía en el año 2009 y hoy su trabajo ha ayudado a diseñar políticas de cambio climático, gestión de recursos hídricos y hasta la forma en que se gobiernan comunidades digitales y de código abierto. Herbert Simon se preguntó, mucho antes que Kahneman, por qué las personas no deciden como calculadoras perfectas, ganó el Nobel de Economía por eso en el año 1978, y terminó siendo pionero también en inteligencia artificial, algo que no tenía planeado cuando empezó. Y Katalin Karikó, quien ganó el Nobel de Medicina en el año 2023, pasó veinte años investigando el ARN mensajero por pura curiosidad bioquímica, sin imaginar que terminaría siendo la base de las vacunas contra el covid. Ahí está la otra cara de esta impredecibilidad. No es solo que la curiosidad termine sirviendo, sino que muchas veces un hallazgo de las ciencias sociales resuelve un problema de las ciencias naturales, y viceversa, como le pasó a Simon al cruzar de la economía a la inteligencia artificial. Ese cruce nadie lo puede planificar de antemano, simplemente ocurre cuando se deja a la curiosidad seguir su propio camino.
Hay una razón de fondo para esto. Las preguntas básicas de la ciencia, tanto en las ciencias duras como en las blandas, buscan entender procesos y dinámicas generales, no resolver un problema puntual. Y por eso mismo terminan aplicando a un sinfín de situaciones distintas y muchas veces impredecibles: los sesgos que describieron Kahneman y Tversky sirven igual para diseñar una alerta de tsunami que para explicar por qué alguien no se vacuna, y la física detrás de la emisión estimulada de luz (pura teoría en 1917) terminó en cirugías, códigos de barra y fibra óptica. Son justamente esas preguntas más fundamentales, las que no prometen resolver nada específico hoy, pero que después terminan siendo la base de muchísimas cosas.
Cuento esto porque en Chile estamos discutiendo, otra vez, qué debería priorizar el Estado al financiar la investigación científica. El Ministerio de Ciencia anunció que hasta un 70% de las becas y fondos concursables se orientará hacia “áreas prioritarias” como inteligencia artificial, cambio climático, ciberseguridad, minería o astronomía, dejando solo un 30% completamente abierto. La lógica detrás de esto es razonable a primera vista: dada la restricción de recursos limitados, hay que invertirlos donde se sabe que van a servir. El problema es esa última parte, los “grandes descubrimientos”, aquellos que cambian cómo vemos y hacemos las cosas, casi nunca nacen de “¿para qué sirve esto?”. Nacen de la curiosidad, del querer saber. La utilidad muchas veces viene después.
Priorizar es necesario, los recursos no son infinitos. Pero antes de cerrar la puerta a las preguntas que todavía no prometen nada, vale la pena preguntarse si no estamos perjudicando justamente las áreas prioritarias que queremos resolver. Estas áreas, tarde o temprano, también van a necesitar la respuesta a preguntas como las de Kahneman. Esas preguntas que en su momento parecían sin sentido, pero que luego permiten entender las cosas desde una perspectiva que probablemente hoy no podemos anticipar.
Fuente: https://elpais.com/chile/2026-08-19/a-kahneman-nunca-le-pidieron-un-plan-de-negocios.html