Hablemos del déficit de cuenta corriente

* Publicada en Diario Financiero el 26 de agosto


El déficit de cuenta corriente se ubicó en 8,5% del PIB el trimestre terminado en junio. El financiamiento del déficit ha cambiado durante los últimos años. Luego de ser eminentemente financiado por inversión extranjera directa, pasó a ser solventado por inversión de portafolio y, en el margen, por mayor deuda soberana.

 

Parte del comportamiento anormal de la economía durante la pandemia, con expansiones históricas del consumo privado e inflación, también se refleja en el altísimo déficit de cuenta corriente. Cabe poca duda de que la depreciación real del peso es parte también de la búsqueda del equilibrio general. La economía intenta regresar a equilibrios sostenibles.

 

No es la primera vez que tenemos que hablar de la cuenta corriente. Ya en 2012 representaba una preocupación, cuando el gran mitigante de riesgo era que su financiamiento estaba en inversión extranjera con un carácter más permanente que el resto de las fuentes de financiamiento.

 

El nivel de déficit de la cuenta corriente es a todas luces preocupante, tanto por lo que ha alcanzado como por la composición de su financiamiento. Alguna entrada de inversión extranjera se observa el segundo trimestre, pero desde una perspectiva algo más larga, la situación es preocupante.

 

Desde la perspectiva de ahorro, el gran responsable son las políticas adoptadas en pandemia. La imposibilidad de detener sucesivos retiros de fondos previsionales y la entrega de ayudas fiscales universales han causado los estragos que tantos advertimos. El ya alto déficit de cuenta corriente previo a 2019 inicia un camino de normalización durante el inicio de la pandemia, pero rápidamente comienza a aumentar producto de la mantención de la inversión privada, pero la disminución del ahorro (del gobierno).

 

¿Estamos realizando el necesario ajuste? Sí. Tenemos una combinación virtuosa entre déficit y nivel de depreciación (real) del peso. No es efectivo que la economía se encuentre con un alto déficit y al mismo tiempo con una moneda apreciada respecto de sus niveles de equilibrio. De hecho, desde mi punto de vista no es necesaria mayor depreciación real del peso para asegurar sostenibilidad externa; basta que el actual nivel depreciado de la moneda se sostenga por un tiempo razonable para asegurar dicha convergencia.

 

¿Cómo viene el ajuste? Ya dejamos atrás lo peor en términos de déficit externo el segundo trimestre. El ajuste ya está en marcha y, en alguna medida, se ha acentuado en julio y agosto.

 

Este ajuste se ha dado por una combinación de depreciación del peso y desaceleración suave de la demanda interna (especialmente de consumo) que se acentuará en los meses venideros. La segunda parte del año se observará una más pronunciada desaceleración económica. Con esto, el déficit convergería a valores de algo más cercanos a los sostenibles a fines de 2023, e incluso inferiores a los vistos en 2019.

 

¿Cómo aseguramos que esta normalización de los desequilibrios se consolide? La política monetaria ha hecho su trabajo y en los meses recientes hemos tenido favorables noticias desde el ámbito fiscal. Sin embargo, los desafíos no terminan. A contar de agosto la economía mostrará registros casi consecutivos de actividad negativa, con calidad y creación de empleo desfavorables e inflación aún de dos dígitos. La demanda por nuevas transferencias fiscales masivas y retiros previsionales no se harán esperar. Será necesario ocupar todo el capital político y buscar consensos para evitar que posterguemos un necesario ajuste macroeconómico.

 

Jorge Selaive
Académico Depto. Administración