Dos hitos históricos, dos reflexiones

Cuando distintos sectores políticos firmaron el “Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución”, no sólo se selló la intención de liberarnos de la actual Carta Magna mediante un mecanismo inédito en la historia del país, sino también se abrió una puerta para hacerlo de una forma democrática, una forma en la que realmente todas las chilenas y chilenos se sientan representados por quienes redacten la nueva Constitución.  Al cumplirse dos meses desde que estallara la mayor crisis social en Chile después del retorno a la democracia, la Cámara aprobó habilitar el plebiscito de abril de 2020 y el proceso constituyente.

 

Lo primero que sorprende es que todavía hay personas que argumenten que una nueva Constitución no es importante para la ciudadanía, pues es cosa de mirar algunas cifras para comprobar lo contrario. El segundo Termómetro Social (TS) elaborado por el Centro de Microdatos, el Núcleo Milenio DESOC de la Universidad de Chile y la FEN revela que una mayoría abrumadora de personas (89,8%) pretende ir a votar en abril de 2020, y el 85,5% asegura que lo hará a favor de una Nueva Constitución, nada muy alejado del 91,1% que arrojó la consulta ciudadana convocada por la Asociación Chilena de Municipalidades. Sobre quien la redacte, más de la mitad de los encuestados por el TS (51,4%) opinan que el mecanismo debería ser la Convención Constitucional, según (nuestras estimaciones de) la consulta municipal el 74,8% de los votantes apoya la Convención Constitucional.

 

En segundo lugar, llaman la atención los obstáculos que ha debido sortear la paridad de género en el Congreso. Ahora, cualquiera sea el órgano que redacte la nueva Constitución, debe ser paritario, la ciudadanía así lo pide, de hecho, el Termómetro Social arrojó un apoyo mayoritario a que la mitad de los cupos sean para mujeres (76,2%). Con esto resulta difícil entender la desconexión de algunos parlamentarios con los deseos de sus representados.

 

Dicho esto, parece anacrónico el rechazo a la paridad de género, es volver a la década de los 30 cuando las feministas de la época ejercieron presión para que las mujeres pudieran votar en las elecciones municipales, lo que se consiguió en 1934, mientras que recién en 1949 obtuvimos el derecho a votar en las presidenciales y parlamentarias. Ha transcurrido casi un siglo y las mujeres aún luchamos por la equidad de derechos, parece una historia de nunca acabar. Además, si logramos pasar esta valla, falta conocer el mecanismo de elección y esperamos que nuestros parlamentarios no nos hagan una zancadilla y asuman el rol histórico que deben cumplir.

 

Lorena Flores
Directora Ejecutiva Centro de Microdatos